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A través de las escenas de un campamento de educación diabética en Filipinas, espero transmitir el valor del apoyo social a los jóvenes con diabetes en entornos de escasos recursos.

Soy una joven médica australiana y voluntaria de Insulin For Life (IFL), una organización sin ánimo de lucro que ofrece suministros diabéticos a personas con la afección en regiones desfavorecidas y apoya los campamentos de diabetes organizados localmente. Por segunda vez, asistí a un campamento organizado por Sunshine Summer Camps, celebrado en mayo de 2017 en Cebú, una isla densamente poblada de las Filipinas. Entre asistentes y personal del campamento fuimos en total 15 jóvenes con diabetes de entre 9 y 31 años, algunos padres y tutores, educadores diabéticos, enfermeros y voluntarios locales.

Los campistas llegaron al auditorio del centro, que cuenta con mesas y sillas frente a un podio y una pantalla de proyección. Había poca conversación y una energía nerviosa entre los campistas. Se proporcionaron algunos juegos para romper el hielo y alentar a los campistas a compartir un poco acerca de sí mismos, lo que les ayudó a relajarse, fomentar la camaradería e incluso reírse un poco.

Uno de mis roles fue analizar la HbA1c, la cual refleja la glucemia promedio durante 3 meses y se recomienda 3-4 veces al año, pero no es asequible para los campistas. Un educador en diabetes, un traductor y yo analizamos a cada campista y les explicamos sus resultados a ellos y a sus cuidadores. Esa noche, revisando los resultados, me sorprendió que la media de HbA1c fuera del 10,4%, lo cual es «muy pobre», no alcanza el objetivo general del 7% y hace que las personas corran un alto riesgo de complicaciones. Todos menos uno de los campistas tenían resultados por encima del objetivo recomendado. Me quedé mirando la hoja de cálculo durante un rato, sintiéndome intranquila, y después cerré mi ordenador portátil y fui a reunirme con los campistas para cenar y jugar.

Al día siguiente, me levanté temprano para unirme a la clase de ejericio aeróbico. Observé a un chico con mucho talento ejecutar sus pasos con vigor y precisión, aunque luciendo una mueca severa. Parecía decidido, poniendo en práctica lo que había aprendido el día anterior sobre los beneficios del ejercicio. Me pregunté qué estaba pasando por su mente y qué significaba para él su diagnóstico. Esa tarde, conversé con los campistas sobre algo más que números y tuve el privilegio de que muchos compartieran sus emociones.

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Una niña de 15 años, muy reservada, se esforzaba por hacer el noveno curso en la escuela lo mejor que podía. Vive con su tía y su abuela en un pueblo lejano. A veces juega con sus primos, pero, por lo demás, está sola. Le pregunté cómo se sentía acerca de tener diabetes. “Duele.” Le pregunté qué quería decir. Se quedó callada por un momento, y luego dijo que un primo le había dicho que ella era una carga, la razón por la que su familia no tiene dinero.

El bailarín que había observado antes es un chico delgado de 21 años que podría haber pasado por un niño en su adolescencia. Él mantiene a sus padres y cuatro hermanos con un salario mínimo en una tienda de comida rápida. Tiene grandes dificultades para llegar a fin de mes y pasa todo su tiempo en el trabajo. «Mis amigos se distanciaron de mí y me siento muy solo«. Había sido despedido de un trabajo anterior debido a su diabetes, que supuestamente le hacía poco fiable. Mintió acerca de no tener afecciones médicas para obtener su trabajo actual, y teme que le despidan si descubren su diabetes. «Quiero trabajar duro para mantener a mi familia y pagar (los suministros para) mi diabetes. Creo que es posible que muera si trabajo tan duro como necesito para pagar mi diabetes. En cualquier situación, salgo perdiendo«.

Otros campistas también me hablaron sobre sus luchas sociales, su soledad y el devastador daño emocional de ser una carga para su familia. Sin embargo, todos los campistas parecían beneficiarse de estar en una sala llena de personas como ellos, donde el intercambio, la comprensión y el apoyo a la diabetes eran bienvenidos. También hubo una sesión en la que se alentó a los campistas a hablar o escribir sobre sus emociones o expresarse a través de obras de arte. Aprendieron que no estaban solos y que está bien sentirse triste algunas veces. Me di cuenta de que se estaban forjando amistades entre los campistas. En la cena de la segunda noche, los campistas se reían, bromeaban, cantaban y posaban para hacerse fotos.

En la mañana final, los campistas pasaron rápidamente por varios retos en equipo: chapoteando en la piscina, garabateando respuestas y luciendo sonrisas que habían crecido considerablemente. En el futuro no serán los resultados de la HbA1c lo que recordaré, sino las amistades en desarrollo, las transformaciones que presencié en los campistas, y lo que estos campamentos pueden ofrecer a los niños y adultos jóvenes con diabetes.

El apoyo social cambia la actitud de una persona hacia su diabetes y es de valor incalculable para su bienestar. Esto es lo que dijo un niño de 12 años cuando le pregunté:

“¿Te trata alguien de manera diferente por tu diabetes?»

«Estoy más cerca de mis amigos. Mis amigos me ayudan, me recuerdan que revise mi azúcar. A mis padres les cuesta mucho encontrar dinero, pero les digo que todos los problemas se pueden resolver. Trabajaré duro en la escuela ahora y cuando sea lo suficientemente mayor, seré médico.”

Agradecimientos

  • Departamento de Salud de Filipinas (DOH 7) y Dra. Marion Denopol
  • Campistas del Sunshine Summer Camp, enfermeros, educadores en diabetes y voluntarios
  • Sweet Alert Society Inc.: Promoción y defensa pública «Prevención de la diabetes a través de la educación»
  • Insulin For Life (Mundial y Australia)

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